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A punto de cumplir 41 años.

Cuando tenía 20, pensaba que a los 24 iba a tener familia y carrera. Nada más estaba claro en mi “visión”… A los 24, ya con una carrera, dije “quizá a los 28 me casaré”… A los 28, seguramente lo último en que pensaba era en nada de ello: había sido admitida en Emirates, la famosa aerolínea en donde volaría el Airbus 380 (top of the top, elegida entre el 10% de aceptados del ya 5% de solicitantes exitosos; es decir: de 1,000 personas que querían ser sobrecargos para Emirates, 50 fueron aceptados, y de esos 50, sólo 5 fuimos elegidos para volar el avión madre).


Ayer un amigo me preguntó ¿sí sabes que eres afortunada? Creo que lo he sabido por mucho tiempo. No lo he sabido por siempre, pues antes no lo sabía y por mucho tiempo no he honrado esa fortuna. No sé si voy a saber responder bien por los talentos que me fueron otorgados; pero sí estoy consciente que los tengo. Menos que muchos, y más que la mayoría.


Soy especial, pues. Se me facilitan más cosas que a la mayoría de las personas que conozco, por ende, muchos me consideran arrogante. Yo no me había considerado arrogante, simplemente falta de paciencia al ver a los demás sufrir por cosas que yo consideré siempre “obvias”. Por ejemplo: los niños llorando por su mamá en el kinder, cuando tenía 3 años, me parecían ya patéticos. Pero nunca lo consideré arrogancia, yo simplemente quería algo más, no pertenecía a ese medio de niños llorones que aprendían a ir al baño cuando yo ya era capaz de cuidarme a mí misma. Yo no quería a mi mamá, esa señora buena onda que sí, me caía bien, pero yo no le pertenecía. Yo quería explorar la vida por mí misma.


Navegué la adolescencia y juventud temprana entre participando en todo lo que pudiera, y cometiendo todos los errores posibles. Aprendí, crecí, y me hice mucho daño. Porque así tenía que ser. Luego escapé. Descubrí que no tenía por qué ser así. Salí de mi círculo de seguridad cultural para sanarme, y descubrir que soy increíble. Todo lo increíble que sospechaba ser, lo soy. Todo lo buena que soñaba ser, lo soy. Todo lo hermosa que ni soñé con ser, lo soy. Poseo la magia, soy Diosa, creo mi propia realidad y mi bienestar.


No sólo eso, soy también una bruja blanca: llevo paz, amor, tranquilidad, magia a dondequiera que voy. No siempre, pues me sigo boicoteando.


Soy esta persona imperfectamente perfecta. Amo y me aman. Tengo muchas más bendiciones de las que imaginaba podría llegar a tener no sólo a los 40 sino en una vida entera: tengo tantas personas que me quieren y por las que mi corazón explota de agradecimiento.


Tengo mucha salud. Mi cuerpo es muy resiliente e incluso ha tomado mejor forma que que en mis años mozos.


Mi marca, negocio, abundancia, tiene muchos participantes y benefactores; sólo me falta caminar el camino y adoptarlos como parte de la riqueza. Soy millonaria.



¿Y tú, qué historia personal te estás contando?


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